miércoles, 2 de diciembre de 2009

Justos por pecadores


El deporte era nuestro lema. La bebida sólo una excusa para dejar de hacer deporte.

Creo que era un sábado por la noche el día de la inquisición contra nosotros. Éramos tres amigos que veníamos de jugar fútbolito en la UCV. Estábamos más sucios que braga de mecánico, sudados hasta las metras pero con ganas de parrandear.
Uno de los panas le manda un mensajito a uno de sus “culitos”. La respuesta llega y es un sí abierto, sin restricciones de ningún tipo, por ahora.
Llegamos al apartamento de la chama con el atuendo sabatino que nos caracteriza: short, franela, zapatos de goma y una gorra. No teníamos ni un mísero koala para guardar las cosas.

-Hola, muchachos. Pasen. Ellos son unos amigos y unas amigas que también vinieron hoy. Por allá adentro está el novio de fulanita.
-Ah, gracias. Hola, mucho gusto- decimos todos casi que en coro.
-Están en su casa.

Nos hacemos de unas cervezas y comenzamos a hablar y a echar uno que otro chistecito para romper el hielo y disimular nuestras fachas. El novio de la fulana antes mencionada era medio pajúo, siempre nos veía con cara de “estos pajúos me van a enchavar la noche con sus chistecitos y a mí nadie me va a parar ni media bola”. Pues así fue. Nadie le paró ni media bola al pana. Los tres mamarrachos éramos el centro de atención. Había que hacer algo al respecto, pensamos que imaginó el mequetrefe ése.
Los tragos iban y venían. Un fondo musical de Bob Marley animaba el ambiente pero luego cambia a otro ritmo que no recuerdo. Pasan como 30 minutos cuando una de las carajas se va al cuarto donde está el petimetre y sale con lo siguiente:

-Chama, se perdió el CD de Bob Marley.
-Pero…si estaba sonando ahorita.
-No sé, chama.

El carajo no salía del cuarto ni por el coño. Ya sabíamos por donde venía la vaina.

-De aquí no se va nadie hasta que no aparezca el CD- dice la dueña del apartamento.
-A nosotros que nos revisen- decimos en tono jocoso a sabiendas de que no teníamos ni un bolsillo donde guardar nada.

El panorama había cambiado. La contienda era prácticamente siete contra tres y nadie daría un bolívar por nosotros. Los ánimos estaban caldeados y nos sentíamos como cucaracha en baile de gallina.

-Bueno, en serio, si quieren nos revisan.
-No vamos a revisar nada. Que aparezca el CD.

¡Ay papá! Comienzan los gritos y se forma aquel peo, caballo. Entre prendidos y rascados comenzamos a reírnos pero al mismo tiempo arrechos e indignados por la falsa acusación. Uno de mis panas trataba de calmar la cosa mientras el otro y yo les decíamos que si querían nos metieran la mano en el short para que vieran que no teníamos nada. Casi nos bajamos los shorts delante de las carajas.

-Pero revisa, pues.
-Nosotros no somos ningunos ladrones. ¿Yo tengo cara de ladrón? Dime ¿tengo cara de ladrón?

Tanto fue el peo que nos corrieron de la casa como quien corre a los evangélicos. Nos fuimos arrechos, prendidos y con ganas de joder al mequetrefe del novio quien seguramente se estaba revolcando de la risa en el cuarto. Si mal no recuerdo, descubrieron que el carajo tenía el CD y todavía estamos esperando las disculpas del “culito” de mi pana.

Me comieron la arepa


Dicen que el perro es el mejor amigo del hombre pero habría que preguntarle al perro qué piensa al respecto.
En mi casa había un señor que estaba haciendo unas remodelaciones o reparando algún tubo roto, no recuerdo bien. Lo que sí recuerdo fue lo que sucedió ese día.
A media mañana el obrero en cuestión decide desayunar antes de comenzar la faena. Una arepa del tipo Rueda de Camión envuelta en papel aluminio le hace agua la boca y promete satisfacer su hambre. Decide desayunar en el porche de la casa porque no quería molestar a nadie en la cocina. Se sienta, abre el morral, saca la arepa y se da cuenta de que no tiene bebida para acompañar el bollo de masa aplastado y relleno.
Con algo de confianza acompañada de ingenuidad deja la arepa sobre el bolso que a su vez está sobre un mueble de madera de tres puestos y baja a la panadería a comprar un refresco.
El sol de las 10:00 a.m. aumenta la temperatura así como las ganas de degustar ese delicioso manjar tradicional.
Ya compró el refresco y se aproxima con ansias a la casa. Ya no aguanta el hambre, abre la reja y se encuentra al perro echado en el porche con esa lengua afuera, las patotas estiradas y la barriga brillante de lo lleno que estaba. A su alrededor, restos de servilleta y papel aluminio adornaban el piso y una que otra migajita de masa rodaba por ahí. El perro le había comido la arepa. Mentadas de madre se apoderan de él pero el perro como si nada.

-¿Qué te pasó?- Preguntan en la casa.
-Nada. Sólo que el perro me comió la arepa.

Ya no queda más que resignarse pedir algo de pan y jalarse un refresco mañanero y esperar a ver qué depara el almuerzo.

Cuando beba no tome


Lo peligroso de conducir mientras bebe (según una banda de punk rock llamada NOFX) es que puedes derramar el trago y en cierta forma tienen razón.
Tengo un pana cuyo padre es como el primo de Juan Luís Guerra, el tipo hace de todo y lo bueno es que siempre sale una anécdota digna de compartir con unos tragos encima.
Una de esas anécdotas nos sitúa en una calle capitalina. Al padre de mi amigo lo detiene la policía por haber chocado otro vehículo y manejando con cierto nivel de alcohol en la sangre. La cosa va así:
-Ciudadano, cuéntenos lo que pasó.
-Bueno, yo venía por…..

Comienza aquel hombre a echar el cuento de lo que había sucedido cuando de repente otro oficial empuja por la espalda al papá de mi amigo y lo tumba al suelo sin mediar palabras. La víctima se pone en pie inmediatamente y con la velocidad de flash le asesta una mano en todo lo que se llama cara, con lo que deja inconsciente al pobre representante de la ley. La consecuencia: llevarse preso al señor por agredir a un policía.
Una vez detenido, el señor comienza a gritar dentro de la celda:

-¡Tráiganme a ese carajo pa’ matalo! ¡Tráiganlo! Si me lo ponen al frente lo jodo, lo jodo otra vez.
Uno de los oficiales del orden público se acerca a la celda y le pregunta:

-Oye vale, ¿tú estás loco? ¿Por qué tú le das ese coñazo a ese hombre?
-Bueno, pa’ que coño me empuja. Que dé la cara como un hombre.
-¿Tú no estás viendo que ese carajo te salvó la vida? El pana te empujó porque venía un camión que te iba a llevar por el medio y tú le das esa carajazo.

¡PLOP!

martes, 1 de diciembre de 2009

Los SÍ y los NO del Borracho


Esta sección sirve de instructivo sobre las cosas que deberíamos hacer y las que absolutamente no deberíamos cuando alcanzamos cierto grado de embriaguez.

La siguiente es una recopilación de años de experiencia en la materia tomando como muestra varios de nuestros amigos y conocidos y una que otra historia anónima que a nosotros llega. Por motivos de confidencialidad y la preservación de la identidad de los sujetos involucrados nos hemos reservado los nombres y las fechas (ya pueden respirar, sinvergüenzas jejejejej). Se agradece discreción. Si va a ser leído por niños, niñas y adolescentes, más vale tener una respuesta rápida a cualquier ocurrencia.

Sí: Ir a la fiesta de cumpleaños de tu pana y conocer a la mamá.
No: Decirle a tu amigo que su abuela está arrecha por el desorden cuando la señora en cuestión es la mamá del pana y está allí mientras lo dices.

Sí: Ir a la misma fiesta de cumpleaños de tu pana y bromear con tus amigos.
No: Robarte los adornos de la nevera y lanzar cubiertos y otros utensilios de cocina por la ventana del apartamento.

Sí: Pedir un servicio de ron en un local a las 11:00 p.m.
No: Pedir un servicio de ron en un local a las 6:00 a.m. y después irte a trabajar a las 8:00 con esa cara de tabla.

Sí: Defender tu hombría ante una ofensa.
No: Estar con tu pana que es medio metro más pequeño que tú y tratar de defender SU hombría contra los empleados de una arepera a las 3:00 a.m. después de meterte un poco de caña.

Sí: Ir a casa de una chica que acabas de conocer y pasar un rato ameno y romántico a ver si florece el amor.
No: Ir con tu pana a la casa de la chica que acabas de conocer que a su vez llevó a una amiga traviesa, desnudarse en plena sala cual actor porno sin saber que el padre de las involucradas está en la casa y te pilla desnudo con las medias puestas mientras tú tratas de explicarle al señor que entiendes su descontento porque tú estarías igual de indignado ante una situación similar con tu hija. Después pedirle a un pana que los vaya a buscar al culo del mundo y lanzarse a un puticlub sin cartera y sin zapatos. Absolutamente NO.

Sí: Corresponderle a la chica que acabas de conocer.
No: Responder a un “te quiero” con un “Fino”.

Sí: Decirle a tu novia que, a pesar de que ambos estaban borrachos, la noche transcurrió con tranquilidad y que la dejaste durmiendo en su casa.
No: Decirle a tu novia que la pea que ella tenía era tan terrible que le vomitó los pies a tu mamá y que aún 4 años después la mantengas con esa incertidumbre jejejejejeje.

Sí: Comprar unas cervezas y llevarla a casa de tus amigos.
No: No comprar un carajo y lanzarte a la fiesta de tu amiga. Tener que irse como a las 12:00 a.m. porque tienes otra fiesta y llevarte escondidas en los suéteres y bolsos las birras que otros carajos acaban de meter en la nevera.

Sí: Beber en Margarita con tus compañeros de trabajo.
No: Beber en Margarita con tus compañeros de trabajo y quedarte dormida y rascada en el cuarto de tus panas con la bragueta abierta, la barriga afuera y cara de muñeca vudú despelucada para tener que pararte una hora después para hacer maleta y regresar a Caracas.

Sí: Reírse cuando tus colegas te echan vaina con chistes homosexuales jocosos delante de toda la gente de trabajo para que todos se rían de ti o contigo.
No: Decir vehementemente “yo no soy marico, yo no soy marico” delante de todo el mundo con cara de preocupación y arrechera, buscando la aprobación y comprensión de la multitud.

Sí: Darle la cola a tu amiga a su casa porque ya es tarde y ella también está algo bebida y cansada.
No: Dejar a tu amiga en su casa a altas horas de la noche, que tu amigo la tenga que subir porque la pana no puede ni con su alma y cuando tu amigo baja mearse en la entrada del edificio y tocar todos los botones del intercomunicador.

Sí: Comerte una arepa exótica de madrugada.
No: Comerte una arepa exótica en la madrugada y pisar con fuerza los huevos de codorniz que se te cayeron al piso mientras te ríes como un impertinente salpicando a la tipa que tienes al lado.

Sí: Ir a la arepera a comerte una arepa exótica, que de paso es la misma arepera en donde le dieron la pela a tus amigos.
No: Decir con voz impertinente y la boca llena de salsa rosada “mira ese tipo que ta ahí. Igualito a Ricardo Arjona. Ay sí, ay sí” y salir ileso ante una posible coñaza propinada por el pasmarote en cuestión.

Sí: Ayudar a un pana a pintar un mueble de madera con pintura vinotinto difícil de quitar.
No. Salir a dar unas vueltas en el carro, tomando birra y todo harapiento, que te pare la policía y que cuando te vea las manos manchadas de pintura el paco se asuste, saque la pistola y comience a gritar “¿qué es eso, qué es eso? ¿Eso es sangre verdad?”.

Sí desean agregar más, el blog está a su entera disposición.

¿Te acuerdas de…?



Todos tenemos amigos con los que siempre compartimos expresiones como ¿te acuerdas de aquella vez…? Pues este escrito va dedicado a todos ellos, a los que están y a los que no.

En mis años de muchacho acostumbraba a salir con mis panas de la universidad y del liceo a conocer el misterioso mundo de la noche (aunque a veces el día da más miedo). La cosa iba desde ir a la playa un día de semana hasta hacer lo que algunos aventureros noctámbulos llaman “tour erótico”. El tour erótico consiste en tomarse por lo menos un trago de cualquier cosa barata y que pagues al momento para no tener que depender de un mesonero en cualquier bar de dudosa reputación de caracas.

La noche pasaba de bar en bar utilizando la frase del momento: “fulanito está cumpliendo años”. Aquellas mujeres de la mala vida le caían al sujeto víctima de tan honorable título como jugadores de rugby al balón. Lo interesante era ver cómo podías librarte de ese enjambre de mujeres sedientas (y no creo que era de sexo porque siempre pedían que le brindaran un trago. ¿Será que no les dan ni agua a esas pobres criaturas?).

Una vez fuimos a un lugar cuyo nombre código era “La Floristería”.

-¿Pa’ dónde vamos hoy?
-Pa’ La Floristería.

Ya todos sabían qué hacer.

Llegamos al lugar a golpe de 11:00 p.m. casi que con la cédula en la mano y los reales contados en el bolsillo. En esos lugares uno nunca sabe qué clase de gente puede encontrarse. Nosotros, jóvenes impetuosos y bochincheros, traíamos alegría a la noche. Ellos, gandoleros y gestores de paltó marrón, eran más babosos que lengua e guacuco (también me robé esta frase jejejej).

Una vez instalados en nuestra esquina pedimos una botella de ron pecho cuadrao. La embriaguez sobreviene a los pocos instantes y la alegría bulle.

Uno de nuestros compañeros tenía cara de extranjero de película, de esos que se las levanta a todas: caucásico, alto y con voz de locutor de programa de jazz. Nosotros, no tan agraciados, aún teníamos lo nuestro.

-Muchachos, ustedes nos parecen conocidos- dice una de las chicas.
-Será porque nos han visto en televisión- replicamos varios.
-¿Será? No sé pero sé que los he visto.
-¿No nos reconoces? Nosotros trabajamos en una novela y tenemos un programa. Él (el caucásico) es uno de los productores pero no es de aquí. Es suizo. No habla español pero es pana. Hablen con él un rato.

El pana se puso de todos los colores pero siguió el juego.

-Si quieres nosotros podemos recomendarlas para un casting en el canal.
-Ay ¿en serio?
-Claro vale.
-Sí, mana. Es verdad, yo los he visto en la televisión.

Al pasar el rato nos damos cuenta de que uno de los mesoneros, descontento porque las chicas no le paran a los demás clientes sino que prefieren reírse y evadir la rutina con nosotros, se lleva la botella. No contaba el infortunado amigo con que las chicas eran tan panas que lo delataron inmediatamente y tuvo que devolverla. Esta situación causó malestar en la mesa.

Sin querer, una de las chicas tropieza uno de los vasos de ron y lo tumba a lo que el suizo, que “no habla español”, responde:

-¡Coñuelamadre, me tumbaron el trago!

Todos nos quedamos con cara de “verga la cagaste viejo”. Sin embargo, un golpe de suerte y diversión se adueñó del local después de lo que dijo una de las chicas con un tono ingenuo:

-¡Ay, pero si lo dice clarito!

La risa incontrolable se propaga entre todos y todas. Desde esa noche somos actores de novela con un pana suizo que habla español clarito y que sólo sabe decir groserías.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Cajita Feliz Llanera


La comida chatarra ha sabido conquistar el mercado de alimentos venezolano. Las cadenas de fast food en nuestro país tratan de venezolanizarse cada vez más a pesar de que en ocasiones nos dejamos deslumbrar por lo desconocido: papas fritas, hamburguesas doble carne con tocineta, merengadas de helado, pollo frito en todas sus versiones y tamaños, sándwiches de 30 centímetros con mozzarella, etc. Sin embargo, hay un nicho que aún no han podido opacar, las arepas madrugadoras.
En esta onda venezolana, las cadenas de alimento han realizado importantes experimentos, fallidos, pero experimentos al fin. Recuerdo aquella promoción de McDonald: yuca frita y guasacaca McDonald. Han llegado al punto de ofrecer las Mac Arepas en el desayuno.
Podría imaginar una situación tan sencilla como esta:
-Buenos días. Bienvenido a McDonald. ¿Qué desea ordenar?
-Buenos días. ¡Uhmmm! Una Mac Arepa con Té frío grande por favor.
-¿Mantequilla para su Mac Arepa?
-Sí. Light, por favor.
-Son 40 bolívares.
-Aquí tiene.
-Gracias y buen provecho.

Hasta ahora todo parece normal pero nunca podría faltar algo como esto:

-Buenos días. Bienvenido a McDonald. ¿Qué desea ordenar?
-¡Epa! ¿Hay pelúa ahí?
-¿Disculpe?
-Pelúa o carúpano, lo que haya.
-¿Carúpano?
-Sí vale, una arepa de chorizo.
-No señor, de esas no hay. Jamón y queso.
-Bueno. Una de jamón y queso de mano ahí y una avena.
-Señor, no vendemos queso de mano.
-¡Que peo!
-Paisa o mozzarella.
-¿Por 40 bolos? No, loco. Están pelando más bola que garrapata en peluche, papá.

Lo tradicional podría tener sus límites y algunas veces hasta ser contraproducente. Una vez fui a un KFC y sólo para variar le dije al joven de la caja que me diera medio pollo con hallaquitas y casi le da un derrame cerebral. Automáticamente respondió (en serio, no respondió en broma): Ahorita no tenemos, señor.
El pollo es digno de ser servido en todas sus modalidades criollas en estos establecimientos. Un pollo en brasas con papas fritas y un cheese cake no suena ni mal.

Pero no todo es crítica, las propuestas también son bienvenidas especialmente si satisfacen el gusto de todos los paladares. No estaría mal pasar un domingo llanero con la familia sin salir de la ciudad y sin quedar hediondo a tizón mojado al final de la tarde.
Se me ocurre crear la revolución alimenticia en estas cadenas de comida rápida: la Cajita Feliz Llanera en varios tamaños, no sólo para niños sino para toda la familia.
El contenido de dicha cajita sería representativo de nuestro llano. En primer lugar podemos degustar un refrescante Mac guarapo e papelón granizado o una Mac avena bien fría y sin dejar de lado la más sabrosa Mac chicha con ajonjolí (aunque no sea del llano cumple con el mandato criollo). Como plato principal tenemos un Mac bistecito acompañado por una suculenta Mac Morcillita crunchy con Mac Guasy (hay que agringar el nombre de la cosa para que no suene chabacano). Si quieres agrandarlo sólo tienes que pagar un poquito más pero vale la pena. A tu pedido se le agregará un Mac Chori con daditos de yuca al estilo brisas llaneras.
La diversión también cuenta y no podríamos esperar menos que entretenimiento y sano esparcimiento con nuestros magníficos juegos voladores y rastreros. La nueva colección de magic flying things te hará estallar de alegría. El kit de juego trae un hermoso saltamontes verde gigante amarrado de una cabuya de metro y medio de largo. Tu “salti” volará y saltará al ritmo de los tirones que le des al hilo. Puedes usarlo como papagayo o como método de distracción para perros y gatos. El combo es variado. Un par de escarabajos negros será lo más anhelado por esos carajitos coños de madre a quienes les gusta joder. La pelea de escarabajos atraerá la atención de niños y los no tan niños. El tuqueque también está incluido en el repertorio. Nada mejor que asustar a la tía besucona con “Tuqui” cuando llega a la casa. “Tuqui” viene en varios colores y tamaños.
Ya imagino los locales llenos hasta los tuétanos con un chill out de arpas. Los establecimientos adornados con las respectivas bolsas llenas de agua para espantar las moscas se convertirán en los nuevos espacios de encuentro familiar.
Sólo nos queda esperar la aprobación de tan ambiciosa propuesta para que los buhoneros comiencen a vender sombreros llaneros y CD’s del Carrao de Palmarito dentro del centro de alimentación.
¡Adiós corotos!

domingo, 29 de noviembre de 2009

Cosas cortantes


El filo brillante de una situación cotidiana nos enceguece de vergüenza o nos ilumina el sentido de la burla. Todos hemos sido víctimas de alguna situación embarazosa en algún momento de nuestra vida y seguramente hemos inventado la más ingeniosa respuesta para salir del apuro o simplemente nos terminamos de hundir.
Muchas veces el origen de la situación incómoda es completamente ajeno a nosotros pero tenemos que asumirla con gallardía, como aquella vez que llevé a mi pequeño perro (un bóxer) a casa de mi novia. En la sala del apartamento estaban los padres de la novia en cuestión charlando conmigo amigablemente. La mascota se encontraba retozando después de un merecido paseo por el estacionamiento del edificio; además, recuerdo que su cuerpo estaba tendido en el suelo y su interminable lengua arrastraba por toda la sala, una imagen digna de envidiar. Lo cierto es que en medio de la conversa comencé a sentir un ardor en la nariz. Los rostros de los anfitriones tomaron una forma como de ciruela pasa, ceño fruncido y nariz arrugada, sólo faltaba el respectivo “¡carajo, se cagaron!”. La verdad es que se habían cagado y no habían sido ellos y mucho menos yo, llegué a pensar que había sido mi novia pero ella se encontraba en la cocina haciendo café o algo así. ¡Fue el perro!, pensé. Pues sí señores, fue el perro. El can se había relajado demasiado y no midió su capacidad para contener las flatulencias. Obviamente no dije que había sido yo pero el perro era mío así que me tuve que calar esa pena yo solo porque la bestia ni se inmutó, seguía durmiendo como si nada.
Otras vergüenzas son heredadas como el caso de los malestares estomacales que producen diarreas de gran caudal. Digo que son vergüenzas heredadas porque todos las hemos sufrido y es una medida natural que adopta el organismo para desintoxicarnos y limpiar nuestro estómago, así que no debería darnos pena, es tan normal como decir que a uno le duele la cabeza.
Las excusas son ingeniosas en muchos casos. Si está de viaje dirá algo como esto justo después de desayunar:
-¡Ay! Se me quedó algo en el cuarto. Ya vuelvo.
Si usted va a utilizar esta excusa, asegúrese de tomar cualquier cosa del cuarto por inútil que sea, de esta forma tendrá una respuesta a la impertinente pregunta de un amigo frente a todos: ¿qué se te quedó?
Al salir de cualquier baño, revise que no se haya traído un pedazo de papel “toalé” pegado al zapato. Será la burla de todos y su credibilidad bajará en un 80%.
Tanto el perejil como la caraota en el diente ya son un clásico. Si estamos entre amigos no importa tanto; sin embargo, frente a un desconocido la cosa cambia drásticamente. Si la otra persona lo tiene, casi nunca lo decimos pero sabemos que cuando lo descubra nos va a odiar por no haberle dicho nada. Si lo tenemos nosotros es el mismo caso, sólo que ahora los de la rabia seremos nosotros.
El famoso hueco en el pantalón es el casi el peor de todos porque siempre nos enteramos por otra persona o en la casa cuando llegamos.
El estornudo con moco (sé que es fea la palabra pero qué se le hace) puede ser motivo de suicidio. Es el más inoportuno de todos y casi siempre pasa frente a alguien que podría ser posible candidato (a) para algún encuentro sexual.
La flatulencia involuntaria puede terminar en risas o en llanto dependiendo del tamaño del chalequeo. Si está con sus amigos que son unos mamarrachos seguro pasará como una simple travesura inadvertida: “eeeepa, se te fue la costura”. Si la cosa sucede en tu primer día de clase, en tu primer día de yoga o el primer día de cualquier cosa, usted amigo (a) se jodió de por vida, renuncie o múdese.
Hablar mal de alguien sin saber que hay un familiar directo de esa persona puede dar pie a una ronda de cachetadas o manotones. En este caso pasamos de la vergüenza a criticar al ofendido por picado. También pude aplicar este ejemplo a las veces en que se habla mal de alguien y lo tenemos justo detrás de nosotros.
Situaciones hay muchas y seguramente lo que puede venir es la paranoia antes de salir de casa: ¿tengo mocos en la nariz? ¿me quité todas las lagañas? ¿tengo la solapa manchada de café? ¿será suficiente papel higiénico para este malestar? No tengo medias limpias, tendré que utilizar éstas. Total, no me pienso quitar los zapatos hoy…
La mala suerte y la vergüenza están al acecho, queda de nuestra parte encomendarnos a cualquier santo milagroso para que el de la pena sea e otro y no nosotros. El lema es: mejor tú que yo.

El paltó marrón


Conocido por todos, temido por muchos. Sí, es él. Se pavonea aquel hombre hablando por celular sobre los “documentos y los contratos que hay que registrar”:

-Sí, González. Esto está listo. Mañana mismo depositamos. Son 20.000 y sin comisión.

A viva voz le hace saber al mundo que él es el tipo que resuelve, el papá de los helados, el que toca la campanita.

La hebilla del pantalón resalta tanto como su cadena de gold-filled enredada en pelos de pecho. En su mano izquierda lleva una maleta con combinación de ruedita y numeritos que se abre cuando está en 0-0-0 porque nunca supo cómo ponerle la clave. La corbata es de bacterias, del color de la salsa rosada del perrocaliente que va a almorzar frente a la plaza Miranda. Por último y no menos importante, el gran paltó marrón.
El paltó marrón es la prenda de vestir diseñada única y exclusivamente para echones, estafadores, charlatanes, leguleyos, mequetrefes, picapleitos, granujas, petimetres y especialistas en cualquier vaina y que siempre aparecen en televisión hablando sobre cómo resolver el problema del país. El portador de tan degradado diseño siempre está pelando bolas pero nunca lo dice porque a él siempre le va bien.
Este atuendo lo venden en todas las tiendas de la avenida Lecuna o en las del bulevar de Sabana Grande que todavía se niegan a morir. Ya sea flux o paltó, todos estos especímenes querrán usarlo. Los principales portadores de tan refinadas piezas son, en su mayoría, abogados, gestores, vendedores de seguro, predicadores religiosos que van de puerta en puerta, profesores de primaria suplentes, directores de escuela, porteros de ministerios, guardaespaldas de concejales, graduando de parasistema, maracuchos, entre otros del mismo género.
No hay nada más falso que un paltó marrón. El sujeto embestido con tal armadura siempre le caerá a muela: “señora, si esa hipoteca se vence, no la salva ni mayuya. Pero no se preocupe que yo lo resuelvo”.
El misterioso maletín guarda en su interior dignas piezas más falsas que un billete de a tres bolívares. El maletín contiene: un juego de cubiertos con un pote de arroz chino mediano en donde guarda las mollejas de pollo con arroz; una engrapadora de las viejísimas que parecen de remaches; hojas extraoficio que se roba de las fotocopiadora porque nadie las usa; recortes de periódico donde se ofrece dinero trabajando desde casa; un periódico meridiano; una gaceta hípica manchada de café; una chequera del banco La Guaira y un sello con unas ligas rojas alrededor.
Si usted, ciudadano y ciudadana de a pie, se topa con este individuo, cruce la calle inmediatamente, no haga contacto visual y comience a toser como si tuviera tuberculosis par que no se le acerque.
Ya sabe entonces que si llega a caer en manos de un ser como este es porque usted es bien pendejo. Así que mosca.

Noche de Tasca


Viernes de quincena.
Hora: 10:00 p.m.
Lugar: una tasca.
Misión: bailotear a una secretaria.

Son las 8:00 p.m. y suena el teléfono:

-¿Qué pachó?
-¿Qué pachó de qué?
-Mira tigre, pendiente de algo tipo tranquilo.
-Sí vale. Mañana trabajo pero no importa, puedo llegar un pelo tarde.
-Bueno. Paso por ahí en una hora.

Comienzan los preparativos para una noche que promete algo más que ir a tomarse unas cervezas en un restaurant chino mientras echas el famoso cuento “flecolita no hay”.
Los sujetos en cuestión se encuentran y planifican su jugada. Primero al Farmatodo a comprar unos chicles y un frasquito para muestra de orina porque la tía tiene que ir al CDI a las 7:00 a.m. El otro amigo pasea por la tienda mientras el vigilante lo ve con cara de “si agarras algo te jodo” sin darse cuenta de que hay una tipa comiéndose un maní japonés que estaba mal parado por ahí y que no piensa pagar.
10:00 p.m.: entran los gemelos fantásticos a la tasca y se convierten en el centro de todas las miradas. El primero en abordarlos es el mesonero, ese tipo que siempre te consigue la mejor mesa porque esa noche tú eres su mejor amigo hasta el momento en que pagas el servicio y se olvida de que cada media hora tiene que cambiarte la hielera y llevarte el fresco pal ron.
Comienza la faena. La vestimenta a veces lo es todo. Un pantalón marrón arruina el look pero el suéter cuello de tortuga que compró en traki empareja la situación. El otro sujeto es más convencional. A sus 40 años usa jeans manchaditos, ruedo por el suelo, camisa manga corta y el botón de la camisa abierto a mitad del pecho en donde resalta la medallita de la primera comunión que le regaló su tío padrino que era monaguillo.
El primer vaso de ron es para entrar en calor. Divisan las posibles presas en busca de la que esté sentada bailando sola con cara de pachanga pero que por alguna razón nadie ha sacado. Aparece una. Pregunta obligada: ¿Será la novia del dueño? ¿Es coja? ¿Es muy antipática? ¿Su marido estará en el baño o quedaron en verse allí porque están cumpliendo meses? Y pare usted de contar.
Una señora recién peluqueada ve a uno de los sujetos y comienza el típico movimiento de hombros como diciendo “y a mí qué, y a mí qué” pero con un swin que incita al baile. Nuestro cuarentón se hace el loco porque busca carne fresca.
Ahí está ella. Jean pegadito con un poquito de barriga afuera. Unas sandalias que la hacen sufrir de una terrible enfermedad llamada síndrome del pie posesivo (es cuando a la fémina se le salen los deditos de la sandalia y le quedan aferraditos al corcho del calzado, así como una gárgola). La parte de arriba de su vestimenta es el chalequito del uniforme que combina con todo.

-¡Ésa es!- Piensa él.

En el secretarial todas y todos son posibles víctimas. Ellas los buscan fornidos y/o carismáticos; ellos, bonitas, jóvenes preferiblemente y con una amiga para el pana o el primo que te acompaña esa noche.
El primer ron marca la diferencia entre lo que llamaría complejo de chapulín colorado que no es otra cosa que la vocecita interna que dice “sí lo hago” y un determinado y firme “¿bailamos?”. La víctima accede ante la convicción con la que aquel cuarentón pseudo metrosexual, quien con una mano en el bolsillo y la otra extendida hacia ella como quien ayuda a alguien a bajar de un carruaje, le hace tan anhelada oferta.
Sobreviene la tragedia. La peor pesadilla de un viernes de quincena se hace realidad. Ya es inevitable recular ante la sonrisa tímida de la bailaora que decidió hacerte acreedor de tan preciada oportunidad. Ella, la elegida entre muchas, se paró con la cartera en la mano. Sí, la cartera. La toma con su mano derecha y la deja correr sobre su hombro y no precisamente con ánimos de largarse del lugar como resultado de un gesto tuyo, no. Ella es de las que baila con la cartera encima.
Aquel galán había escuchado hablar de aquella especie pero siempre pensó que se trataba de una leyenda urbana. Todo giraba a su alrededor como en una película de suspenso mientras sentía que su amigo lo veía con ojos de desencanto.
Comienza la faena. El bailoteo en la atiborrada pista se convierte en un 24 de diciembre en el terminal de autobuses de La Bandera, cartera pa’ llá y cartera pa’ cá. Se escucha un “¡ay cuño!” bajito, que sale de la boca de una dama cuyo seno fue víctima de la temida cartera; además, cuando la gente quiere disimular no dice “coño” sino “cuño” y a veces “cuñio”. Lo peor no es eso. Aquella mujer tímida con cara de querer bailar un poquito para no aburrirse toda la noche baila más que bola e’ perro en bajada (jejejeje ese dicho se lo robé a un pana), se mueve para todas partes así como la lavadora de la casa, ésa que llegaba a la sala destilando espuma mientras veías Radio Rochela (cuando era buena).
La música no para. El DJ (de salsa, valga la redundancia por tratarse de una tasca) escogió el remix de todas las canciones de Héctor Lavoe que son más largas que la despedida de Ilan Chester. Cuando la cosa parece que se va a acabar comienza la entrada de “hay fuego en el 23” y esa mujer se pone como loca y dice: ¡Upa, pues! ¡A bailar!
El amigo, más precavido, baila con una chica que tiene lo suyo. Lo ve con cara de cómplice pero ni de vaina la suelta, no vaya a ser que el amigo le aplique el viejo truco de “¡vamos a cambiar, muchachas!”.
Ya van 9 minutos y el hielo se derrite en la mesa. Por fin la vaina se acaba y la chica lo ve así como quien no quiere la cosa y le suelta esta perla: “ay, ahora me saca otra vez. Déjame descansar. No te pierdas”.
Un trago de ron aguado sabe a champán y unos maníes salados lo traen de vuelta a la realidad, a la tasca. Después de una botella y media de destilado de caña y una voz de narrador de caballos amanecido, ya la abraza y le dice: “me gustaste desde que te vi. Qué rico bailas”.
Son las 6:00 a.m. y ya degustaron un par de arepas y un jugo de níspero para agarrar fuerza porque el café les cae mal. Ya tienen algo en común. A las 6:30 a.m. el frasquito de muestra de orina rueda por el suelo del Caprice Classic mientras él la deja en el metro de la Hoyada. El intercambio de teléfonos se hace efectivo inmediatamente. Ella parte hacia el subterráneo, despeinada y con una curita en la parte de atrás del pie porque la sandalia le aporrea. Él, sonrisa picarona, emprende la marcha a la morada para hacer entrega de la preciada carga: el potecito de orina.

Beber en Paraguaná


Si usted es de esos a quienes le gusta ir a Paraguaná a comprar la cañita para bebérsela con los amigotes después de ir a la playa o a una “discoteca” paraguanera, le recomiendo seguir estos sencillos pasos para evitar que lo violen y lo tiren en la carretera de Coro al lado de una cabeza de chivo y un pipote de basura:
-No compre caña que cueste más barato que la fabricación de la propia botella. Si una botella de whisky 18 cuesta un realero, ni siquiera intente comprar una que le cueste más barato que una pecho cuadrao porque puede tener burundanga o agua de la refinería.
-Si va a beber, trate de hacerlo acompañado de un nativo. Es muy difícil ubicarse en Paraguaná. No confíe en la posición de los mechurrios porque hay como cuatro a simple vista y nunca sabrá cuál es el que está más cerca de su casa.
-Nunca beba en un hotel paraguanero. Los hoteles de la zona cobran la caña más caro que un whisky comprado en un bodegón de Prados del Este.
-Recuerde el nombre del hotel donde se está quedando. Nada peor que preguntarle a alguien que usted crea que es nativo. Nadie es de Paraguaná. Todos son maracuchos, valencianos, gochos y hasta caraqueños.
-Si se está quedando en Carirubana NO BEBA o guarde un papelito en la cartera con el nombre de la zona y de la casa. Imagínese usted, señor lector, echarse esa curda con whisky a buen precio y después de que se haya tomado todas las generaciones de whisky en orden decreciente de edad 18, 12, 8, 4, Vat 69, etc., tratar de balbucearle al taxista el nombre Carirubana o Judibana. A continuación una representación de tal situación:

-Buuu…uueenas noooochej, mi pana. ¿Cuánto me cobras hasta Cururu…Carururu Curiru..?
-¿Pa’ donde?
-Pa’ Coori…Cororo…
-¿Ah, pa’ Coro?
-No, pana. No sé. ¿Será?
-Móntate que yo te llevo.
-Dale, pana (hic). Mira que acabo de cobrar un realero y no quiero andar por ahí con el teléfono que me compré aquí y esta curda.
-Tranquilo, hermano.

Para evitar esto, usted sólo tiene que decirle al taxista con mucha delicadeza que espere un segundo mientras usted le indica a dónde lo tiene que llevar. Saque su respectiva billetera y extraiga el papelito que le metió allí su prima antes de dejarlo en casa de su compadre.
Este simple paso marca la diferencia entre amanecer rasguñado en una cuneta con un ratón terrible y estar en su casa tomando sopita y viendo el fútbol.